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lunes, 5 de septiembre de 2016

CHOCOLATE AMARGO

Eva ha sido invitada a una fiesta con los amigos, pero acabará demasiado tarde y se encuentra con la oposición de su padre. Ante estas dificultades, surgen las ansias de libertad y emancipación, tan propias de la adolescencia.

Eva no había cenado de nerviosa que estaba. El padre había estado muy simpático al volver del trabajo; había hecho su ronda, el control, rápidamente y sin refunfuñar, ¡pero cualquiera sabía!
- Hasta las diez durará la fiesta en el club de tiempo libre -dijo Eva-. Y luego tengo que volver a casa. Antes de las once no podré llegar.
- Ni hablar, no quiero que andes por ahí sola tan tarde.
- Pero Fritz, pronto cumplirá dieciséis años.
- Ya no soy una niña pequeña -dijo Eva.
- Ya lo sé. Últimamente lo he tenido que oír muchas veces. Pero yo no dejo que mi hija ande sola de noche por la ciudad. Yo te recojo.
- ¡Por Dios, papá! ¿Qué van a decir los demás si vienes a recogerme como a una niña pequeña de un cumpleaños infantil?
- Ni una palabra más. O te recojo o te quedas en casa. No hay otra alternativa. ¿Es que no leéis el periódico? Todos los días hay asesinatos y atracos. Y violaciones.
Eva casi lloraba de rabia.
- Fritz -dijo la madre-. También hay que dar libertad a los hijos. Eso lo dice cualquier periódico. Lo puedes leer en todas las revistas. Y la gente que lo escribe entiende algo del tema.
- Tú te lo crees todo -dijo el padre, furioso-. A mí no hace falta que me digan cómo debo educar a mis hijos. Sé muy bien lo que es bueno para ellos.
- Pero Eva es una chica sensata, prudente. Nunca ha hecho tonterías.
-Y así debe seguir -el padre se fue al cuarto de estar y en seguida se oyó la voz del locutor de las noticias.
- Buenas noches -dijo Berthold, que había estado sentado todo el rato sin decir nada.
La madre se fue a fregar los cacharros.
- ¡Que siempre tenga que haber discusiones!
Eva abandonó la cocina dando un portazo.
Estaba sentada en su cuarto pintando furiosa grandes rayas negras sobre una hoja de papel. La madre entró con una bandeja.
- Deja que te vaya a recoger -dijo-. Tampoco es tan grave.
Eva sacudió la cabeza.
- No.
- ¡Ay Dios! -dijo la madre-, la cabeza dura la has heredado de él -puso la mano sobre el picaporte-. Ahora tengo que irme, si no se enfadará.
Eva puso un disco, Simon y Garfunkel, Bridge over troubled water, enrolló su colcha para apoyar la espalda y colocó la bandeja a su lado sobre la cama. Luego empezó a untar pan con mantequilla.
«El salmón auténtico es demasiado bueno para comerlo con pan», pensó. «Demasiado bueno. Lo tomaré después, solo.»
Untó una capa muy gruesa de mantequilla. La mantequilla muy fría de la nevera sobre el pan blando era algo muy bueno. Primero comió la corteza de alrededor, luego atacó el blando trozo interior. Antes de morder empujó cuidadosamente hacia atrás con los dientes la mantequilla, hasta que sólo le quedó un trozo pequeño con un muro de mantequilla alrededor surcado por los dientes. Lo contempló largo rato antes de metérselo en la boca. When evening falls so hard, I will comfort you. I’ll take your part. La voz de hombre sonaba suave, blanda, acariciadora. Eva masticó. «Cuando tenga dieciocho años», pensó, «me iré de casa. Aún dos años y tres meses. ¡Aunque tenga que vivir de pan y agua!» Untó mantequilla en la segunda rebanada. Tendría una habitación muy pequeña, claro. Y daría clases particulares para pagar el alquiler. Seguro que ganaría quince marcos la hora. Las matemáticas y el inglés se le daban bien y el francés bastaría para los cursos inferiores. No tendría mucho dinero, naturalmente que no. Pero nadie le daría órdenes. Libertad. Se metió un filete de salmón en la boca. Libertad. Una palabra que le sonaba a aventura y a mundo grande y amplio. Franziska puede llegar a casa cuando le da la gana.»
Antes de tomarse el último filete de salmón dio la vuelta al disco. Eran las diez. Los padres se iban a la cama. Oyó el ruido de la cadena en el cuarto de baño. Automáticamente bajó el volumen del tocadiscos.
- Buenas noches -dijo la madre a través de la puerta-. Buenas noches, Eva.
Eva no contestó. ¡Libertad! ¡Aún dos años, tres meses y cinco días!
Cogió un cuaderno vacío, un cuaderno de matemáticas, y escribió en la primera página, arriba del todo: martes, 1 de julio; y debajo: miércoles 2 de julio; luego jueves, 3 de julio; después cuatro y así sucesivamente. Tras cinco páginas dejó de escribir. Sólo había llegado al ocho de septiembre. Mañana seguiría, o pasado. Y cada día tacharía un día, como en un calendario de adviento largo. La idea le gustaba. Empezó a hacer pequeños dibujos al lado de los números. Un toro junto al uno de julio, un toro negro de rabo enhiesto y nubecitas de vapor saliendo de los ollares. También le pinto un gran pene colgando. Pero luego lo borró rápidamente. Mañana tenía que ir a ver a la Schmidhuber, ella le haría un vestido nuevo para el sábado. «Un vestido de verano se hace deprisa», había dicho la madre. «Nada más comer vamos a los grandes almacenes a por la tela». Eva pintó un vestido de verano junto al dos de julio. Pasado mañana se encontraría con Michel, a las tres junto a la fuente. Dibujó un corazón, buscó sus rotuladores y lo pintó de rojo. Por fuera escribió con letras muy pequeñas: «¡amo te, ama me!» Te quiero. ¡Quiéreme! Era la leyenda que llevaba un anillo hallado en unas excavaciones, había contado el profesor de latín. Y al lado del sábado dibujó también un corazón rojo. Iría aunque tuviese que fugarse. Decidida cerró el cuaderno y lo guardó en la cartera.
En la cama volvió a pensar: dos años, tres meses y cinco días. Pronunció la palabra, «libertad», y la dejó deshacerse con un trozo de chocolate sobre la lengua.
¡Libertad! ¡Libertad!


Mirjam Pressler.

ACTIVIDADES
Vocabulario: refunfuñar, adviento, enhiesto.
¿Cuál es el tema de este texto?
¿Cómo justifica el padre su postura? ¿Y la madre?
¿Qué son para ella “dos años, tres meses y cinco días”?
¿Cómo se le ocurre escribir en su cuaderno una frase en latín?
¿Hay alguna sintonía entre las canciones y su estado de ánimo?

Cuando estás triste, sintiéndote pequeña,
cuando las lágrimas están en tus ojos,
quiero secártelas todas; estoy a tu lado.
Cuando los tiempos son duros
y casi no pueden encontrarse amigos,
me tenderé como un puente sobre aguas turbulentas.
Cuando bajas y sales afuera,
cuando estás en la calle,
cuando el atardecer cae tan pesado,
te reconfortaré. Tomaré tu parte.
Cuando llega la oscuridad
y el dolor te rodea por completo,
me tenderé como un puente sobre aguas turbulentas.
Lánzate muchacha encantadora, lánzate.
Tu hora ha comenzado a brillar.
Todos tus sueños van por su camino. ¡Mira cómo brillan!
Si necesitas un amigo,
aquí estoy junto a ti.
Yo aliviaré tu ánimo como puente sobre aguas turbulentas.
Simon and Garfunkel. Puente sobre aguas turbulentas.

DE PARTE DE LA PRINCESA MUERTA

“De parte de la princesa muerta” es la historia de la princesa Selma. Consigue llegar a París, una ciudad ocupada por los nazis, acompañada solamente por el viejo Zeynel, el eunuco de la familia. Allí muere después de dar a luz a Kenizé. Su viejo y fiel criado debe ocuparse de enterrar a su querida Selma y cuidar a la niña. Anciano y pobre debe buscar quien le ayude a cumplir una misión que da sentido a su vida.

Antes de leer: hay personas fieles a sus obligaciones y a sus creencias religiosas. ¿Qué crees que puede hacer un hombre anciano y pobre en una ciudad en guerra? ¿Qué piensas que puede hacer Zeynel solo en medio de una gran ciudad como París para cuidar de sus seres queridos y cumplir sus obligaciones de musulmán convencido?


Un golpe en el hombro despierta a Zeynel. El día comienza a despuntar. Sobre él, un hombre lo mira con curiosidad.
-No hay que quedarse aquí. Puede enfermarse.
Lo ayuda a levantarse, a sacudir la tierra que le mancha la ropa, y lo lleva, tiritando, a la casucha donde tiene las herramientas, a la entrada del cementerio. Allí, le sirve un gran bol de café caliente. Se llama Alí, es el guarda. Con simpatía se sienta junto a Zeynel.
-Entonces, bueno... ¿es tu mujer la que ha muerto, hermano?
-Mi hija¬ -tartamudea Zeynel castañeteando los dientes.
-¿Y no le has colocado ni siquiera una piedra con su nombre... a tu hija?
Zeynel sacude la cabeza; de pronto se siente débil, no ha comido nada desde hace tres días, desde el momento en que encontró a Selma...
Con gesto resuelto, Alí le corta una rebanada de pan.
-Toma, come. Y además, para la lápida, el marmolista de al lado es amigo mío, él podrá hacerte una pequeña, no muy cara.
Con los dedos entumecidos, Zeynel saca penosamente su reloj del bolsillo del chaleco. Es todo lo que le queda de su esplendor de Ortakoy, lo guardaba para el día en que ya no tuviera nada. Pero ahora...
-Sólo tengo esto. ¿Lo aceptaría?
-Guarda tu reloj, lo necesitarás. No te preocupes, yo me encargo de la piedra. Entre musulmanes, hay que ayudarse.
Pese a las protestas de Zeynel, Alí sale de la casucha. Momentos más tarde vuelve llevando una pequeña piedra blanca, tallada en ojiva, sobre la cual, por indicación del eunuco, ha escrito con letras torpes:
SELMA 13.4.1911; 13.1.1941

Pero algo sigue atormentando a Zeynel.
-No la enterraron como musulmana. La pusieron en una caja. ¿Crees que podríamos?…
El rostro de Alí se ilumina: le gustan los verdaderos creyentes. De un salto va en busca de azadas y de un almacén saca una sábana blanca. Ambos vuelven a la tumba. No necesitan más de un cuarto de hora para remover la tierra blanda, subir el ataúd y hacer saltar los clavos.
-Bueno, te dejo dice Ali evitando discretamente el momento en que Zeynel levante la tapa, -llámame para volver a poner la tierra.
Lentamente Zeynel abre el ataúd. Es la primera vez que la ve desde... ¡Qué hermosa está con su largo camisón blanco; sus bucles dorados están esparcidos sobre los hombros, parece una niña... Temblando se inclina y deposita un beso tierno en la mejilla.
Cuando se levanta, tiene los ojos secos. De golpe lo ha abandonado la emoción. Esta muerta glacial le es ajena. Su niña ya no está allí... Ella se fue con sus risas y caprichos, su entusiasmo, su generosidad, todo lo que hacía que ella «fuera» Selma. Y ésta ha huido...
Delicadamente envuelve el cuerpo en la sábana blanca y, con múltiples precauciones para no dañarla, la vuelve a bajar a la tumba. Aquella tierra que a Selma le gustaba oler y que ahora recibe su belleza, la reconoce como suya. Sus brazos, sus labios, sus senos, su cuerpo perfecto van a fundirse en ella y a resurgir en miles de flores y de frutos.
Zeynel tiene la impresión de que, detrás de él, Selma lo observa y sonríe. Era precisamente eso lo que quería. En poco tiempo se reunirá con ella, estarán de nuevo los tres, su niña y su sultana, reunidos para siempre en un palacio de encaje, igual al de Ortakoy, bañado por las olas transparentes de un río que se parecerá al Bósforo...

De repente se Ie corta el aliento, sus ojos se enarcan de horror.
¡La niña! ¡Ha olvidado a la niña! Desde hace tres días está sola, sin nadie que la alimente, nadie que se ocupe de ella... muerta quizas...
-¡Alá! ¡Alá! grita. -¡protégela...!
No sabe cómo vuelve al hotel, cree que Alí detuvo un coche funerario que iba a París y que lo pusieron en el lugar del ataúd; luego había corrido como el viejo loco que era, suplicando al cielo que se apiadara.
Cuando entra en la habitación, la niña está en el lecho, exangüe. Tiene los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta. Respira con dificultad.
Grita tan fuerte que acude una vecina del rellano. Le dice que no debe mover a la niña, sólo levantarle la cabeza para hacerle beber un poco de agua. Pero la niña lo vomita todo...
Entonces Zeynel la toma en brazos. Está helada. La envuelven en una manta, baja la escalera y pasa como una exhalación delante de madame Emilie que intenta interponerse.
-¡Eh, usted! Me debe dos semanas de alquiler.
Corriendo, baja la rue des Martyrs, sus piernas lo sostienen apenas. En el camino encuentra varias consultas médicas. Llama, golpea las puertas, nadie responde. Es domingo. Finalmente, desesperado, se dirige a un agente de policía que le da la dirección del consulado suizo donde atienden permanentemente a los extranjeros.
El eunuco se arrastra hasta la rue de Grenelle. Siente que su corazón va a reventar. Debe aguantar: no puede morir antes de haber salvado a la niña de Selma.
Pero cuando entra en el consulado y una rubia secretaria le pregunta lo que desea, sólo tiene tiempo de depositar a la niña en sus brazos y se derrumba, incapaz de pronunciar palabra.
Aquella tarde, madame Naville, la esposa del cónsul, pasó a buscar una lista de direcciones para una próxima venta de caridad de la Cruz Roja. Apenas ve a la niña, descuelga el teléfono y llama a su médico personal. Luego le hace servir un vaso de vodka al viejo musulmán. Zeynel está a punto de ahogarse, quiere devolverlo, pero ella lo tranquiliza.
-No es alcohol, es un medicamento.
Rápidamente se siente mejor. Y a esa dama benévola, le cuen¬ta toda la historia. Su princesa muerta y la niña abandonada en el hotel desde hace tres días. Al cabo de unos minutos, llega el médico.
-¡Justo a tiempo! -farfulla viendo el estado de la niña.
Saca del maletín una larga jeringa, le pone una inyección de suero y, luego, delicadamente, la examina.
-Está muy débil. Tiene comprometidos los pulmones... parece que no ha comido ni bebido desde hace muchos días.
Un gemido le hace volver la cabeza. Con simpatía, mira al anciano derrumbado en la silla.
-No se preocupe, buen hombre, la salvaremos. Pero necesita cuidados intensivos -murmura dirigiéndose a madame Naville- y la asistencia pública está tan sobrecargada, con todos esos huérfanos de guerra... Esta niña necesita tener constantemente a alguien a su lado, de lo contrario mucho me temo que...
La esposa del cónsul lo interrumpe:
-La tendré en mi casa, doctor, el tiempo que haga falta. Esta pequeña me ha caído del cielo, no puedo dejarla morir.
Durante muchas semanas, todos los días, Zeynel viene a ver a la niña. Gracias a los cuidados y a la alimentación sana del consulado de Suiza, islote de abundancia en aquel París ocupado, se repone muy rápidamente. Ahora es una niña rozagante que recibe al eunuco con gritos de alegría llamándole «Zezel».

Kenizé Mourad

Después de leer: ¿Cómo cumple Zeynel sus obligaciones de servidor fiel y de creyente musulmán? ¿Te parece normal lo que hace Zeynel o es un caso raro? ¿Es fácil encontrar personas como las que encuentra Zeynel?

jueves, 1 de septiembre de 2016

ZALACAÍN, EL AVENTURERO

Zalacaín, desde muy niño, se distingue por su carácter decidido y su afán de aventuras que le llevará a participar activamente en las “guerras carlistas” donde muere muy joven después de haber participado en numerosas acciones arriesgadas. Por ironías del destino, no muere en ninguna acción militar, sino a consecuencia de una venganza personal. Todo el mundo llora su muerte y nunca faltan flores en su tumba del cementerio de Zaro, pueblo perdido en uno de esos hermosos valles de los montes vascos.
A medianoche se preparaba Martín a montar a caballo, cuando se presentó Catalina con su hijo en brazos.
-¡Martín! ¡Martín! -le dijo sollozando-. Me han asegurado que quieres ir con el ejército a subir a Peñaplata.
¿Yo?
-Sí.
-Es verdad. ¿Y eso te asusta?
¬-No vayas. Te van a matar, Martín. iNo vayas! ¡Por nuestro hijo! ¡Por mí!
-¡Bah, tonterías! ¿Qué miedo puedes tener? Si he estado otras veces solo, ¿qué me va a pasar, yendo en compañía de tanta gente?
-Sí, pero ahora no vayas, Martín. La guerra se va a acabar en seguida. Que no te pase algo al final.
-Me he comprometido. Tengo que ir.
-¡Oh, Martín! -sollozó Catalina-. Tú eres todo para mí; yo no tengo padre, ni madre, ni tengo hermano, porque el cariño que pudiese tenerle a él lo he puesto en ti y en tu hijo. No vayas a dejarme viuda, Martín.
-No tengas cuidado. Estáte tranquila. Mi vida está asegurada, pero tengo que ir. He dado mi palabra...
-Por tu hijo...
-Sí, por mi hijo también... No quiero que, andando el tiempo, puedan decir de él: «Éste es el hijo de Zalacaín, que dio su palabra y no la cumplió por miedo»; no, si dicen algo, que digan: «Éste es Miguel Zalacaín, el hijo de Martín Zalacaín, tan valiente como su padre... No. Más valiente aún que su padre».
Y Martín, con sus palabras, llegó a infundir ánimo en su mujer, acarició al niño, que le miraba sonriendo desde el regazo de su madre, abrazó a ésta y, montando a caballo, desapareció por el camino de Elizondo. (...)
Catalina se desmayó al lado del cadáver de su marido. El extranjero con la gente de la fonda la atendieron. Mientras tanto, unos gendarmes franceses persiguieron al Cacho, y, viendo que éste no se detenía, le dispararon varios tiros, hasta que cayó herido.
(...)
El cadáver de Martín se llevó al interior de la posada, y estuvo toda la noche rodeado de cirios. Los amigos no cabían en la casa. Acudieron a rezar el oficio de difuntos el abad de Roncesvalles y los curas de Arneguy, de Valcarlos y de Zaro.
Por la mañana se verificó el entierro. El día estaba claro y alegre. Se sacó la caja y se la colocó en el coche que habían mandado de San Juan de Pie de Puerto. Todos los labradores de los caseríos propiedad de los Ohandos estaban allí; habían venido de Urbía a pie para asistir al entierro. Y presidieron el duelo Briones, vestido de uniforme, Bautista Urbide y Capistun, el americano.
Y las mujeres lloraban.
-Tan grande como era -decían-. ¡Pobre! ¡Quién había de decir que tendríamos que asistir a su entierro, nosotros que le hemos conocido de niño!
El cortejo tomó el camino de Zaro, y allí tuvo fin la triste ceremonia.
(...)
En Zaro hay siempre un silencio absoluto, casi únicamente interrumpido por la voz cascada del reloj de la iglesia, que da las horas de una manera melancólica, con un tañido de lloro. En el reloj de sol de la torre de otro pueblo vasco, en Urruña, se lee escrita esta triste sentencia: Vulnerant omnes; ultima, necat (Todas hieren; la última, mata). Mejor todavía la triste sentencia podría estar escrita en el reloj de la torre de Zaro.
En el cementerio, alrededor de la iglesia, entre las cruces de piedra, brillan durante la primavera rosales de varios colores, rojos, amarillos, y azucenas blancas de aspecto triste.
Desde este cementerio se ve un valle extensísimo, un paisaje amable y pastoril. El grave silencio que reina en el camposanto apenas lo turban los débiles rumores de la vida del pueblo.
De cuando en cuando, se oye el chirriar de una puerta, el tintineo del cencerro de las vacas, la voz de un chiquillo, el zumbido de los moscones..., y, de cuando en cuando, se oye también el golpe del martillo del reloj, voz de muerte apagada, sombría, que tiene en el valle un triste eco.
Tras de estas campanadas fatídicas, el silencio que viene después parece un tierno halago.
Como protesta de la eterna vida, en el mismo camposanto las malas hierbas crecen vigorosas, extienden sus vás¬tagos robustos por el suelo y dan un olor acre en el crepúsculo, tras de las horas de sol; pían los pájaros con algarabía estrepitosa, y los gallos lanzan al aire su cacareo valiente, como un desafío.
La vista alcanza desde allá un extenso panorama de líneas suaves, de intenso verdor, sin rocas adustas, sin mato¬rrales sombríos, sin nada duro y salvaje. Los pueblecillos blancos duermen sobre las heredades; las carretas rechinan en los caminos; los labradores trabajan con sus bueyes en los campos, y la tierra, fértil y húmeda, reposa bajo la gran sonrisa del cielo y la inmensa piedad del sol...
En el cementerio de Zaro hay una tumba de piedra, y en la misma cruz, escrito con letras negras, dice en vasco:
AQUÍ YACE MARTÍN ZALACAÍN,
MUERTO A LOS 24 AÑOS
EL 29 DE FEBRERO DE 1876
Una tarde de verano, muchos, muchos años después de la guerra, se vio entrar en el mismo día en el cementerio de Zaro a tres viejecitas, vestidas de luto.
Una de ellas era Linda; se acercó al sepulcro de Zalacaín y dejó sobre él una rosa negra; la otra era la señorita de Briones, y puso una rosa roja. Catalina, que iba todos los días al cementerio, vio las dos rosas en la lápida de su marido y las respetó, y depositó junto a ellas una rosa blanca.
Y las tres rosas duraron mucho tiempo lozanas sobre la tumba de Zalacaín.

DAYOUB, EL CRIADO DEL RICO MERCADER

El cuento es una narración breve y ficticia. Normalmente cada cuento pretende darnos una lección práctica para la vida (moraleja). Hay colecciones de cuentos famosas, pues el hombre ha escrito cuentos desde la más remota antigüedad; también hay cuentos famosos. Sus personajes pueden ser reales o ficticios y el desenlace es el que nos suele dar la norma de conducta que nos quiere inculcar (la moraleja). Aquí el autor nos presenta un cuento con dos desenlaces diferentes.

Antes de leer: Hay gente fatalista que cree que todo lo que sucede es inevitable. Esto suele llevar consigo el no luchar ante las dificultades. Otros piensan que casi todo se puede arreglar con esfuerzo y trabajo. ¿Por cuál de estas posiciones te inclinas tú? ¿O piensas quizá que las dos son exageradas y ninguna se corresponde a la realidad?

¿Cuál es el mejor cuento que conoces? Quiero decir que cuál te parece el de final más conseguido -se me ocurrió de pronto. Apenas circulaban coches a aquellas horas, y la soledad de la auto¬pista creaba un clima propicio para las confidencias.
- Así, de repente, no sabría decirte -me contestó mi amigo.
- Pues, si quieres, puedo decirte cuál hubiera sido la respuesta de Boris Karloff. ¿A que no aciertas cuál era el mejor cuento del mundo para Boris Karloff? -le dije.
- No, pero seguro que era alguno de terror.
- Pues era el del criado de Bagdad.
- ¿Y qué cuento es ése?
- Si te apetece, te lo puedo contar. Con una taza de café delante, claro.
Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto.
Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.
- Amo -le dijo-, déjame el caballo más veloz de la casa.
Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.
- Pero ¿por qué quieres huir?
- Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.
El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo, y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán.
Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, también él vio a la Muerte.
- Muerte -le dijo acercándose a ella-, ¿por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?
- ¿Un gesto de amenaza? -contestó la Muerte-. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque esta noche debo llevarme en Ispahán a tu criado. (...)
- Sí, no hay duda de que es bueno. Pero de todas formas yo le cambiaría el final. No me gusta ese fatalismo -le dije.
Mi amigo puso cara de asombro.
- Estoy hablando en serio, no me gusta el fatalismo de ese cuento. Me parece un fatalismo implacable, el mismo que se refleja cuando se dice que la vida es como una tirada de dados. Lo que se nos quiere decir en él es que, al nacer, tenemos ya un destino, y que nuestra voluntad no cuenta para nada. Tenemos que aceptar nuestro destino, querámoslo o no. ¿Que la muerte viene a por nosotros? Pues no nos queda otro remedio que morir.
Encogiéndose de hombros, me dio a entender que no veía otra opción.
- Como quieras. Pero a mí me parece que es el único final posible para ese cuento -me aclaró.
- Pues yo le he dado otro.
 -¿Has escrito una variación del cuento? -dijo enarcando las cejas.
- Así es. Aquí la tengo.
Y de una carpeta que tenía en el asiento trasero del coche extraje dos folios completamente escritos.
Mi amigo se echó a reír .
- ¡Ajá! Ahora lo entiendo. Te morías de ganas de enseñarme lo que habías escrito. ¿Será posible? ¡Siempre serás el mismo!
Esto último me lo decía por mi mala fama. Todos mis amigos coincidían en que yo era capaz de cualquier estratagema con tal de tener la oportunidad de leerles mis trabajos.
(...)
Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto.
Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.
- Amo —le dijo—, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.
- Pero ¿por qué quieres huir?
- Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.
El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo, y el criado partió con la esperanza de estar esa noche en Ispahán.
El caballo era fuerte y rápido, y, como esperaba, el criado llegó a Ispahán con las primeras estrellas. Comenzó a llamar, de casa en casa, pidiendo amparo.
- Estoy escapando de la Muerte y os pido asilo -decía a los que le escuchaban.
Pero aquella gente se atemorizaba al oír mencionar a la Muerte y le cerraban las puertas.
El criado recorrió durante tres, cuatro, cinco horas las calles de Ispahán, llamando a las puertas y fatigándose en vano. Poco antes del amanecer llegó a la casa de un hombre que se llamaba Kalbum Dahabin.
- La Muerte me ha hecho un gesto de amenaza esta ma¬ñana, en el mercado de Bagdad, y vengo huyendo de allí. Te lo ruego, dame refugio.
- Si la Muerte te ha amenazado en Bagdad -le dijo Kalbum Dahabin-, no se habrá quedado allí. Te ha seguido a Ispahán, tenlo por seguro. Estará ya dentro de nuestras murallas, porque la noche toca a su fin.
- Entonces, ¡estoy perdido! -exclamó el criado.
- No desesperes todavía -contestó Kalbum-. Si puedes seguir vivo hasta que salga el sol, te habrás salvado. Si la Muerte ha decidido llevarte esta noche y no consigue su propósito, nunca más podrá arrebatarte. Ésa es la ley.
- Pero ¿qué debo hacer? -preguntó el criado.
- Vamos cuanto antes a la tienda que tengo en la plaza -le ordenó Kalbum cerrando tras de sí la puerta de la casa.
Mientras tanto, la Muerte se acercaba a las puertas de la muralla de Ispahán. El cielo de la ciudad comenzaba a clarear .
“La aurora llegará de un momento a otro -pensó-. Tengo que darme prisa. De lo contrario, perderé al criado.”
Entró por fin a Ispahán, y husmeó entre los miles de olores de la ciudad buscando el del criado que había huido de Bagdad. Enseguida descubrió su escondite: se hallaba en la tienda de Kalbum Dahabin. Un instante después, ya corría hacia el lugar.
En el horizonte empezó a levantarse una débil neblina. El sol comenzaba a adueñarse del mundo.
La Muerte llegó a la tienda de Kalbum. Abrió la puerta de golpe y... sus ojos se llenaron de desconcierto. Porque en aquella tienda no vio a un solo criado, sino a cinco, siete, diez criados iguales al que buscaba.
Miró de soslayo hacia la ventana. Los primeros rayos del sol brillaban ya en la cortina blanca. ¿Qué sucedía allí? ¿Por qué había tantos criados en la tienda?
No le quedaba tiempo para averiguaciones. Agarró a uno de los criados que estaba en la sala y salió a la calle. La luz inundaba todo el cielo.
Aquel día el vecino que vivía frente a la tienda de la plaza anduvo furioso y maldiciendo.
- Esta mañana –decía- cuando me he levantado de la cama y he mirado por la ventana, he visto a un ladrón que huía con un espejo bajo el brazo ¡Maldito sea mil veces! ¡Debía haber dejado en paz a un hombre tan bueno como Kalbum Dahabin, el fabricante de espejos!


Bernardo Atxaga


Después de leer: El texto nos da dos desenlaces diferentes. ¿Sabrías identificar cada una de las dos conclusiones con las dos posiciones que hemos propuesto antes? ¿Cuál de las dos te parece más humana? ¿Crees que se puede aplicar a la vida de los hombres?

ESTO YA ES OTRA HISTORIA (fragmento)

Byron y Mark eran de siempre dos amigos inseparables, pero las circunstancias han hecho que, en la práctica, sean dos hermanos, porque Mark ha vivido siempre en la casa de Byron. Los padres de Mark habían muerto y la madre de Byron lo había aceptado en la casa como un hijo, incluso era más comprensiva con él que con su propio hijo. Los dos amigos coincidían en muchas cosas, pero había algo en que no podían coincidir...

Antes de leer: Seguramente tienes algún amigo con el que compartes muchas horas de tu vida. Puede que incluso lo lleves algún día a dormir a tu casa o vayas tú a dormir a la de él. ¿Crees que a un amigo hay que consentirle todo? ¿Hay algo que no le permitirías hacer ni siquiera a un amigo, algo que te obligaría a romper con su amistad?


Eso me cabreaba cantidad. Mark siempre andaba tirándose faroles. Debería haberlo sabido. Mark había vivido siempre en mi casa, desde que yo tenía diez años y él nueve. Sus padres se habían liado a tiros en una borrachera. A mi vieja le había dado pena y se lo trajo a vivir con nosotros. Mi madre quería tener cientos de hijos, y sólo había podido tener uno; así que, hasta que se hizo cargo de Mark, había tenido que conformarse con darle de comer a todo gato perdido que pasaba por allí. No quiero ni imaginarme a cuántos chavales podría haber recogido en su camino, si hubiese podido mantener a más de dos: Mark y yo.
Yo ya era amigo de Mark desde mucho antes que se viniese a vivir a casa. Vivía en mi misma calle, y era como si nos hubiésemos pasado la vida juntos. Nunca nos habíamos peleado. Ni siquiera habíamos discutido. A simple vista, éramos completamente distintos. Yo soy un chico alto, con los ojos y el pelo oscuros, de esos que parecen un cachorro de San Bernardo; cosa que no me preocupa, porque muchas chicas no son capaces de resistirse a un cachorro de San Bernardo. Mark era bajo y con nervio, de ojos y pelo sorprendentemente dorados, y una sonrisa de león amable. Era mucho más fuerte de lo que parecía; cuando nos peleábamos de broma, a veces la cosa quedaba en empate. Era mi mejor amigo, y los dos éramos como hermanos. (...)
Había un paseíto hasta la bolera, y por millonésima vez deseé tener coche. Tenía que ir an­dando a todas partes. Como si me hubiera leído el pensamiento, cosa que solía hacer a menudo, Mark dijo:
-Podríamos agenciarnos un coche.
-No está bien eso de coger algo que no es tuyo -dijo M y M.
-No se trata de robarlo -contestó Mark-, sino de cogerlo prestado.
-Ya, ya... -le dije-. Ahora mismo estás en libertad condicional por andar «cogiendo pres­tado», así que no me parece una idea tan maravillosa.
Mark podía hacerle un puente a cualquier cosa y, desde que tenía doce años, siempre había mangado coches para darse una vuelta. Nunca había tenido ningún accidente, pero por fin lo pilla­ron, y ahora tenía que irse al centro una vez a la semana, a la hora del recreo, a ver al oficial encargado de su libertad condicional y contarle que ya no iba a robar más coches nunca. Al principio me preocupé, por miedo de que se llevasen a Mark y lo metieran en un reformatorio, ya que en realidad no era mi hermano y no tenía familia. Me preocupaba que encerrasen a Mark. Pero no hacía falta. Mark siempre salía indemne de todo, intacto, sin preocupaciones de ningún tipo. (...)
Desde luego, nunca le había oído quejarse a mamá de algo que hiciese Mark; le pasaba por alto cosas que a mí ni se me hubiera ocurrido intentar. Nunca le guardé rencor a Mark por eso. Daba por hecho que Mark era distinto a los demás, y por tanto se le trataba de otra manera. (...)
Me quedé frío. Mark estaba herido. Me abrí paso a codazos; tengo un buen tamaño y, cuando me pongo a empujar, llego adonde sea. Había un corro de gente en el aparcamiento. Atravesé la ba­rrera. Mark estaba tirado en el suelo, inconsciente. Tenía la mitad de la cara cubierta de sangre. Me arrodillé a su lado.
-¿Mark?
No se movió. Estaba helado. Cogí la punta del faldón de mi camisa y le limpié la cara de san­gre. Sangraba por un mal corte a un lado de la cabeza, pero ésa era la única herida que se po­día ver. (...)
-Cuando recobré el conocimiento esta noche, después de que ese chaval me diese con la botella, estaba muerto de miedo. Estaba tan acojonado que creí que me estaba muriendo. Pero cuando me di cuenta de que tú estabas allí conmigo, empecé a tranquilizarme. ¿Sabes que tú eres toda mi familia, Bryon? Quiero decir que tu madre se ha portado fenomenal conmigo y todo eso, pero no acabo de sentir que ella sea realmente mi madre. Pero, en cambio, tú sí me pareces mi hermano, mi verdadero hermano. (...)
Mark también hacía cosas raras esos días.
Se quedaba mirándome fijamente mucho rato, cuan­do creía que no lo estaba viendo, como si estuviese intentando encontrar al viejo Bryon en aquel extraño, como si estuviera tratando de saber quién era yo. Una noche casi se cabreó conmigo porque le dije que iba a salir por ahí con Cathy en vez de con él. Era como si sintiese que algo se le escapaba y tratara de resistirse. Yo no podía ayudarlo; también intentaba resistir.
Hasta se portaba como si estuviese celoso de Cathy. En todo el tiempo que le había conocido, en todo el tiempo que había salido con chicas, nunca se había portado así .
Yo estaba cambiando y él no.
Yo estaba cansado. Me sentía vacío y agotado. Nada te desgasta tanto como preocuparte de la gente. Estaba cansado, pero sabía que no iba a ser capaz de dormirme. Cerré los ojos, pero no paraba de ver imágenes; todo el mundo daba vueltas alrededor de mi cabeza... La vida me había parecido tan sencilla alguna vez, y ahora parecía tan complicada. Era capaz de acordarme de una época en la que mi única preocupación había sido pagarle a Charlie los tres dólares que le debía. Las cosas solían ser sencillas y ahora ya no lo eran. Necesitaba urgentemente un pitillo. Había rebuscado en mis bolsillos sin mucho entusiasmo, porque sabía que no tenía ninguno. Entonces me acordé de la cajetilla de reserva de Mark, me bajé rodando de la cama y metí la mano debajo de su colchón. Toqué algo raro, y lo saqué. Era una cosa con forma cilíndrica y larga. Desenrosqué una punta y salieron rodando todas aquellas pastillas...
Me quedé mirando aquel montón de pastillas; había cientos y fue como si una máquina dentro de mi cabeza se hubiera puesto a hacer clic, clic, clic para darme una respuesta que yo no quería saber. Mark trapicheaba con aquello. Eran demasiadas para cualquiera, aunque las tomase él mismo y, además, yo habría notado algo distinto en Mark, si las hubiera estado tomando. Uno no puede tomar drogas y que no se le note. Conocía a demasiados chavales que las tomaban, como para no saberlo. Mark era un camello. De allí era de donde sacaba la pasta...
Me pareció que solo había pasado un minuto cuando Mark entró.
- Hola, ¿todavía de pie? -me dijo; entonces se paró-. ¿Qué pasa? Tienes muy mala cara, Bryon. ¿Qué es lo que pasa?
Le enseñé el cilindro.
- Oh -dijo Mark después de una pausa-. Así que has dado con él, ¿eh? Bueno, no te preocupes, colega; yo no las tomo; me lo paso bien tal como soy.
- Sin contar cómo son los demás, ¿no?.
- ¿Qué? -dijo Mark, hecho un lío.
- M y M está en el hospital por culpa de un tripi. Parece que se ha vuelto loco.
- Qué mierda, tío, pobre chaval - luego me miró. No te pongas así, Bryon. Ya te he dicho que yo no las tomo. ¿No te lo crees?
- Sí que te creo -le dije yo por lo bajo.
- Ya sabes que nos hacía falta la pasta. Intenté buscar un curro, pero con mis antecedentes, nadie me contrataba. Entonces me topé con un tío en el Ribbon, y él me animó. Supongo que no tengo que tomarlas para pasarlas, así que ¿cuál es el problema?
- M y M -empecé, pero estaba demasiado cansado como para hablar.
- ¿Eso es lo que te tiene mosqueado? Oye, yo no pasé nada a M y M. Se lo pilló otro. Mira, Bryon, van a sacarlas de donde sea si quieren, así que ¿por qué no puedo ganarme una pasta? Nunca se las he metido a nadie por los ojos. Nunca he tratado de convencer a nadie de que tomase drogas para sacar pelas.
Podía haberse pasado la noche hablando, y yo no hubiese cambiado de opinión. Aquello estaba mal... A pesar de lo cansado que estaba, me pregunté por qué no me habría dado cuenta antes: Mark no tenía la más mínima noción de lo que estaba bien y de lo que estaba mal; no obedecía ninguna ley, porque ni siquiera sabía que existieran. La ley, el bien y el mal le daban igual a Mark, porque solo eran palabras.
- ¿Qué pasa, Bryon? -se puso a gritar Mark de repente-. Oye, si te cabrea tanto pasaré del tema. Dejaré de trapichear si no te enrolla. Mierda, nunca pensé que te mosquearía. Casi creía que lo sabías.
No me metas en esto, pensé. No me hagas creer que estoy ciego, solo porque tú lo estás.
- He llamado a la pasma -le dije en alto y fue como si estuviera hablando en sueños.
Mark se puso blanco
- ¿Qué? -dijo sin poder creérselo del todo-. ¿Qué has dicho?
Ya se oía la sirena.

Después de leer: Byron coincide en muchas cosas con su amigo Mark, pero ¿qué es lo que no perdona a su amigo? ¿Lo consentirías tú? ¿Como reaccionarías si vieras a tu mejor amigo metido en un asunto como el de Mark?

domingo, 20 de septiembre de 2015

LA CONJURACIÓN DE LAS PALABRAS - Benito Pérez Galdós

En La Conjuración de las palabras (escrito en abril de 1868), Benito Pérez Galdós nos cuenta la rebelión de las palabras de la lengua española, considerándose maltratadas por los autores.

El ejército de las palabras

Érase un gran edificio llamado Diccionario de la Lengua castellana, de tamaño tan colosal y fuera de medida, que, al decir de los cronistas, ocupaba casi cuarta parte de una mesa, de estas que, destinadas a varios usos, vemos en las casas de los hombres. Si hemos de creer a un viejo documento hallado en viejísimo pupitre, cuando ponían al tan edificio en el estante de su dueño, la tabla que lo sostenía amenazaba desplomarse, con detrimento de todo lo que había en ella. Formábanlo dos anchos murallones de cartón, forrados en piel de becerro jaspeado, y en la fachada, que era también de cuero, se veía un ancho cuartel con doradas letras, que decían al mundo y a la posteridad el nombre y significación de aquel gran monumento.
Por dentro era un laberinto tan maravilloso, que ni el mismo de Creta se le igualara. Dividíanlo hasta seiscientas paredes de papel con sus números llamados páginas. Cada espacio estaba subdivido en tres corredores o crujías muy grandes, y en estas crujías se hallaban innumerables celdas, ocupadas por los ochocientos o novecientos mil seres que en aquel vastísimo recinto tenían su habitación. Estos seres se llamaban palabras.

[…] Una mañana sintiose gran ruido de voces, patadas, choque de armas, roce de vestidos, llamamientos y relinchos, como si un numeroso ejército se levantara y vistiese a toda prisa, apercibiéndose para una tremenda batalla. Y a la verdad, cosa de guerra debía de ser, porque a poco rato salieron todas o casi todas las palabras del Diccionario, con fuertes y relucientes armas, formando un escuadrón tan grande que no cupiera en la misma Biblioteca Nacional. […]

Magnífico y sorprendente era el espectáculo que este ejército presentaba […]. Delante marchaban unos heraldos llamados Artículos, vestidos con magníficas dalmáticas y cotas de finísimo acero: no llevaban armas, y sí los escudos de sus señores los Sustantivos, que venían un poco más atrás. Éstos, en número casi infinito, eran tan vistosos y gallardos que daba gozo verlos. […]

Junto a los Sustantivos marchaban los Pronombres, que iban a pie y delante, llevando la brida de los caballos, o detrás, sosteniendo la cola del vestido de sus amos, ya guiándoles a guisa de lazarillos, ya dándoles el brazo para sostén de sus flacos cuerpos, porque, sea dicho de paso, también había Sustantivos muy valetudinarios y decrépitos, y algunos parecían próximos a morir. También se veían no pocos Pronombres representando a sus amos, que se quedaron en cama por enfermos o perezosos, y estos Pronombres formaban en la línea de los sustantivos como si de tales hubieran categoría.

Detrás venían los Adjetivos, todos a pie; y eran como servidores o satélites de los Sustantivos, porque formaban al lado de ellos, atendiendo a sus órdenes para obedecerlas. Era cosa sabida que ningún caballero Sustantivo podía hacer cosa derecha sin el auxilio, de un buen escudero de la honrada familia de los Adjetivos; pero éstos, a pesar de la fuerza y significación que prestaban a sus amos, no valían solos ni un ardite, y se aniquilaban completamente en cuanto quedaban solos. […]

Como a diez varas de distancia venían los Verbos, que eran unos señores de lo más extraño y maravilloso que puede concebir la fantasía.
No es posible decir su sexo, ni medir su estatura, ni pintar sus facciones, ni contar su edad, ni describirlos con precisión y exactitud. Basta saber que se movían mucho y a todos lados, y tan pronto iban hacia atrás como hacia delante, y se juntaban dos para andar emparejados. Lo cierto del caso […] es que sin los tales personajes no se hacía cosa a derechas en aquella República, y, si bien los Sustantivos eran muy útiles, no podían hacer nada por sí, y eran como instrumentos ciegos cuando algún señor Verbo no los dirigía. Tras éstos venían los Adverbios, que tenían cataduras de pinches de cocina; como que su oficio era prepararles la comida a los Verbos y servirles en todo. Es fama que eran parientes de los Adjetivos, como lo acreditaban viejísimos pergaminos genealógicos, y aun había Adjetivos que desempeñaban en comisión la plaza de Adverbios, para lo cual bastaba ponerles una cola o falda que, decía: mente.

 Las Preposiciones, eran enanas; y más, que personas parecían cosas, moviéndose iban junto a los Sustantivos para llevar recado a algún Verbo, o viceversa. Las Conjunciones andaban por todos lados metiendo bulla; y una de ellas especialmente, llamada que, era el mismo enemigo y a todos los tenía revueltos y alborotados, porque indisponía a un señor Sustantivo con un señor Verbo, y a veces trastornaba lo que éste decía, variando completamente el sentido. Detrás de todos marchaban las Interjecciones, que no tenían cuerpo, sino tan solo cabeza con gran boca siempre abierta. No se metían con nadie, y se manejaban solas; que, aunque pocas en número, es fama que sabían hacerse valer.

 De estas palabras, algunas eran nobilísimas, y llevaban en sus escudos delicadas empresas, por donde se venía en conocimiento de su abolengo latino o árabe; otras, sin alcurnia antigua de qué vanagloriarse, eran nuevecillas, plebeyas, o de poco más o menos.  Las nobles las trataban con desprecio. Algunas había también en calidad de emigradas de Francia, esperando el tiempo de adquirir nacionalidad. Otras en cambio, eran indígenas hasta la pared de enfrente, se caían de puro viejas, y yacían arrinconadas, aunque las demás guardaran consideración a sus arrugas; y las había petulante, y presumidas, que despreciaban a las demás mirándolas enfáticamente.


1 Enumera las clases de palabras que se citan en el texto. ¿Dónde encuadrarías los determinantes? ¿Por qué crees que no se citan? Justifica tu respuesta.

2 ¿Por qué crees que los artículos son los heraldos de los sustantivos? Explica cuál es su función.

3 ¿Por qué crees que los sustantivos eran "en número casi infinito"?

4 ¿Qué quiere decir el texto con que “Era cosa sabida que ningún caballero Sustantivo podía hacer cosa derecha sin el auxilio, de un buen escudero de la honrada familia de los Adjetivos”?

5 ¿Por qué crees que de los verbos es imposible “decir su sexo, ni medir su estatura, ni pintar sus facciones, ni contar su edad, ni describirlos con precisión y exactitud”?

6 ¿Cómo se expresa la importancia del Verbo?

7 ¿Por qué los adjetivos y los adverbios son parientes? ¿A qué tipo de adverbios se refiere el texto para ejemplificarlo?

8 ¿Qué quiere decir que las preposiciones llevan recado del Sustantivo al verbo o viceversa?


9 ¿Qué significa que la Interjecciones no tenían "sino tan solo cabeza con gran boca siempre abierta"? ¿Y que "sabían hacerse valer"? Pon ejemplos de interjecciones.

sábado, 24 de mayo de 2014

El cartero de Neruda, Antonio Skármeta

Hoy hemos estado un rato atascados en clase con algunas metáforas. El concepto os resulta ajeno y no he podido evitar acordarme del entrañable personaje de El cartero de Neruda, conocida novela del escritor chileno Antonio Skármeta, que fue llevada al cine y tuvo su momento de popularidad. Está incluida en la lista de lecturas recomendadas para este trimestre, por si a alguno os interesa.


—¡Metáforas, hombre!
—¿Qué son esas cosas?
El poeta puso una mano sobre el hombro del muchacho.
—Para aclarártelo más o menos imprecisamente, son modos de decir
una cosa comparándola con otra.
—Deme un ejemplo.
Neruda miró su reloj y suspiró.
—Bueno, cuando tú dices que el cielo está llorando. ¿Qué es lo que
quieres decir?
—¡Qué fácil! Que está lloviendo, pu’.
—Bueno, eso es una metáfora.
—Y ¿por qué, si es una cosa tan fácil, se llama tan complicado? -Porque los nombres no tienen nada que ver con la simplicidad o complicidad de las cosas. Según tu teoría, una cosa chica que vuela no debiera tener un nombre tan largo como mariposa. Piensa que elefante tiene la misma cantidad de letras que mariposa y es mucho más grande y no vuela —concluyó Neruda exhausto. Con un resto de ánimo, le indicó a Mario el rumbo hacia la caleta. Pero el cartero tuvo la prestancia de decir:
—¡P’tas que me gustaría ser poeta!
—¡Hombre! En Chile todos son poetas. Es más original que sigas siendo cartero. Por lo menos caminas mucho y no engordas. En Chile todos los poetas somos guatones.
Neruda retomó la manilla de la puerta, y se disponía a entrar, cuando Mario mirando el vuelo de un pájaro invisible, dijo:
—Es que si fuera poeta podría decir lo que quiero.
—¿Y qué es lo que quieres decir?
—Bueno, ése es justamente el problema. Que como no soy poeta, no puedo decirlo.
El vate se apretó las cejas sobre el tabique de la nariz.
—¿Mario?
—¿Don Pablo?
—Voy a despedirme y a cerrar la puerta.
—Sí, don Pablo.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Neruda detuvo la mirada sobre el resto de las cartas, y luego entreabrió el portón. El cartero estudiaba las nubes con los brazos cruzados sobre el pecho. Vino hasta su lado y le picoteó el hombro con un dedo. Sin deshacer su postura, el muchacho se lo quedó mirando.
—Volví a abrir, porque sospechaba que seguías aquí.
—Es que me quedé pensando.
Neruda apretó los dedos en el codo del cartero, y lo fue conduciendo con firmeza hacia el farol donde había estacionado la bicicleta.
—¿Y para pensar te quedas sentado? Si quieres ser poeta, comienza por pensar caminando. ¿O eres como John Wayne, que no podía caminar y mascar chiclets al mismo tiempo? Ahora te vas a la caleta por la playa y, mientras observas el movimiento del mar, puedes ir inventando metáforas.
—¡Deme un ejemplo!
—Mira este poema: «Aquí en la Isla, el mar, y cuánto mar. Se sale de sí mismo a cada rato. Dice que sí, que no, que no. Dice que sí, en azul, en espuma, en galope. Dice que no, que no. No puede estarse quieto. Me llamo mar, repite pegando en una piedra sin lograr convencerla.
Entonces con siete lenguas verdes, de siete tigres verdes, de siete perros verdes, de siete mares verdes, la recorre, la besa, la humedece, y se golpea el pecho repitiendo su nombre». —Hizo una pausa satisfecho—. ¿Qué te parece?
—Raro.
—«Raro.» ¡Qué crítico más severo que eres!
—No, don Pablo. Raro no lo es el poema. Raro es como yo me sentía cuando usted recitaba el poema.
—Querido Mario, a ver si te desenredas un poco, porque no puedo pasar toda la mañana disfrutando de tu charla.
—¿Cómo se lo explicara? Cuando usted decía el poema, las palabras iban de acá pa’llá.
—¡Como el mar, pues!
—Sí, pues, se movían igual que el mar.
—Eso es el ritmo.
—Y me sentí raro, porque con tanto movimiento me marié.
—Te mareaste.
—¡Claro! Yo iba como un barco temblando en sus palabras.
Los párpados del poeta se despegaron lentamente.
—«Como un barco temblando en mis palabras.»
—¡Claro!
—¿Sabes lo que has hecho, Mario?
—¿Qué?
—Una metáfora.
—Pero no vale, porque me salió de pura casualidad, no más.
—No hay imagen que no sea casual, hijo.
Mario se llevó la mano al corazón, y quiso controlar un aleteo desaforado que le había subido hasta la lengua y que pugnaba por estallar entre sus dientes. Detuvo la caminata, y con un dedo impertinente manipulado a centímetros de la nariz de su emérito cliente, dijo:
—Usted cree que todo el mundo, quiero decir todo el mundo, con el viento, los mares, los árboles, las montañas, el fuego, los animales, las casas, los desiertos, las lluvias…
—… ahora ya puedes decir «etcétera».
—… ¡los etcéteras! ¿Usted cree que el mundo entero es la metáfora de algo?
Neruda abrió la boca, y su robusta barbilla pareció desprendérsele del rostro.
—¿Es una huevada lo que le pregunté, don Pablo?
—No, hombre, no.
—Es que se le puso una cara tan rara.
—No, lo que sucede es que me quedé pensando.

viernes, 2 de mayo de 2014

LA TUMBA DE AURORA K., de Pedro Riera

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En la República de Turenia, un país imaginario que el autor sitúa en el centro de Europa, estalla una guerra civil que enfrenta a urenos contra távaros. Los primeros son los sanguinarios, los genocidas; mientras que los segundos son los sometidos, las víctimas inocentes de una auténtica limpieza étnica.
Para salvar sus vidas, muchos távaros se ven obligados a abandonar el país y establecerse en otros territorios. Es el caso de la familia Pekar, que ayudada por un pariente consigue instalarse en los Estados Unidos.
Pero dentro de la familia Pekar hay un miembro que no lo es, se trata de Stefan Malnik, un niño de tres años que fue entregado a Josef Pekar por un desconocido para protegerlo y salvarlo de una muerte segura (así es la guerra), y que Josef aceptó con la esperanza de poderlo devolver al hombre que se lo entregó cuando hubiera transcurrido el peligro. Pero Josef nunca vuelve a encontrarse con ese hombre, por lo que, llegado el momento de marchar a Estados Unidos, decide llevarse al niño con él y criarlo como a un hijo más.
La familia se instala en Lower Hill, un barrio peligroso, donde la única ley la impone una pandilla de delincuentes. Pero Josef Pekar es un hombre valiente y emprendedor y quiere prosperar en aquel país, aunque sea a costa de negociar con aquellos bárbaros. Comienza haciéndose cargo de una gasolinera y acaba comprando casi todas las casas del barrio, permitiendo de ese modo que otros távaros puedan ocuparlas, y ofreciéndoles una vida digna lejos de su lugar de origen. El barrio acaba denominándose Little Tavaria.
Pasa el tiempo y la familia crece y vive con las costumbres típicas távaras, a pesar de que algunos miembros ya nacen como ciudadanos americanos, tal es el caso de Anna Malnik, hija de Stefan Malnik y narradora en primera persona de esta historia.
Anna tiene quince años y las inquietudes normales de una adolescente: amistades, primeros amores, estudios..., pero además asume un papel importantísimo, el de colaborar con su padre en la investigación de sus auténticos orígenes, porque, aunque en el fondo se siente una Pekar, sabe que solo la verdad es capaz de restañar las heridas.
La historia comienza precisamente en el cementerio de Clayton, ante una tumba, la de “Aurora K.”, pues Stefan ha recibido una carta anónima en la que lo ponen sobre la pista de que esa mujer podría tratarse de su madre. Acompañado de su hija Anna, Stefan acude a la exhumación del cadáver, con el fin de extraer muestras que le permitan realizar los correspondientes análisis de ADN que le aseguren que él es hijo de aquella mujer. Y no volvemos a saber más de este tema hasta la segunda mitad de la novela, porque en la primera parte Anna nos hablará de su vida, de la de su familia, de su barrio, de las costumbres y tradiciones del país que nunca ha conocido, de la guerra y del odio heredado hacia los urenos, pues sabe que son los responsables de miles de muertes, torturas y violaciones en la comunidad távara.
Una vez que se retoma el asunto de “Aurora K.” y que se inicia la investigación, la novela se vuelve altamente adictiva, imposible de dejar, y no es que antes no lo fuera, porque en todo momento la narración está hilada con mucha inteligencia y no puede ser más interesante, pero el proceso de búsqueda de la verdad esconde grandes sorpresas, con un desenlace totalmente inesperado.
Los principales protagonistas son Stefan Malnik, director del Centro Cultural Távaro, criado como un Pekar, como un hijo más del viejo Josef que tantos años antes emigró a Estados Unidos; y su joven hija Anna Malnik, su confidente y mano derecha en todo el proceso de investigación. La segunda es una muchacha muy inteligente y madura para su edad; el primero es un hombre modélico, íntegro, sensato, justo... Un personaje perfecto, pero no por ello inverosímil, pues yo creo que sí existen personas con esa calidad humana, que emanan paz y equilibrio.
La tumba de Aurora K. es una novela extraordinaria, cuya historia bélica podría corresponderse con la guerra de los Balcanes, aunque su autor haya preferido utilizar un escenario inventado; es una narración con grandes mensajes, que pone de manifiesto los peligros del nacionalismo y las nefastas consecuencias de una guerra civil, que no acaban aunque ésta haya concluido, y que deja secuelas en su población aunque todavía esté por nacer. Una lectura muy recomendable.

http://quedamosenminube.blogspot.com.es/2014/04/la-tumba-de-aurora-k-de-pedro-riera.html







jueves, 1 de mayo de 2014

ASÍ COMIENZAN LAS NOVELAS DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.
– Cien años de soledad (1967)

El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros», me dijo.
– Cronica de una muerte anunciada (1981)

El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.
Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre.
– El coronel no tiene quien le escriba (1961)

Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa. Había llegado a Barranquilla esa mañana desde el pueblo distante donde vivía la familia y no tenía la menor idea de cómo encontrarme. Preguntando por aquí y por allá entre los conocidos, le indicaron que me buscara en la librería Mundo o en los cafés vecinos, donde iba dos veces al día a conversar con mis amigos escritores. El que se lo dijo le advirtió: «Vaya con cuidado porque son locos de remate». Llego a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas de libros en exhibición, se me plantó enfrente, mirándome a los ojos con la sonrisa picara de sus días mejores, y antes que yo pudiera reaccionar, me dijo: «Soy tu madre».
– Vivir para contarla (2002)

Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro.
– El amor en los tiempos del cólera (1985)

El 22 de febrero se nos anunció que regresaríamos a Colombia. Teníamos ocho meses de estar en Mobile, Alabama, Estados Unidos, donde el A.R.C. "Caldas" fue sometido a reparaciones electrónicas y de sus armamentos. Mientras reparaban el buque, los miembros de la tripulación recibíamos una instrucción especial. En los días de franquicia hacíamos lo que hacen todos los marineros en tierra: íbamos al cine con la novia y nos reuníamos después en "Joe Palooka", una taberna del puerto, donde tomábamos whisky y armábamos tina bronca de vez en cuando.
– Relato de un náufrago (1955)

Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. Sólo entonces nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros proponían.
– El otoño del patriarca (1975)

José Palacios, su servidor más antiguo, lo encontró flotando en las aguas depurativas de la bañera, desnudo y con los ojos abiertos, y creyó que se había ahogado. Sabía que ése era uno de sus muchos modos de meditar, pero el estado de éxtasis en que yacía a la deriva parecía de alguien que ya no era de este mundo. No se atrevió a acercarse, sino que lo llamó con voz sorda de acuerdo con la orden de despertarlo antes de las cinco para viajar con las primeras luces. El general emergió del hechizo, y vio en la penumbra los ojos azules y diáfanos, el cabello encrespado de color de ardilla, la majestad impávida de su mayordomo de todos los días sosteniendo en la mano el pocillo con la infusión de amapolas con goma.
– El general en su laberinto (1989)

Por primera vez he visto un cadáver. Es miércoles, pero siento como si fuera domingo porque no he ido a la escuela y me han puesto este vestido de pana verde que me aprieta en alguna parte. De la mano de mamá, siguiendo a mi abuelo que tantea con el bastón a cada paso para no tropezar con las cosas (no ve bien en la penumbra, y cojea), he pasado frente al espejo de la sala y me he visto de cuerpo entero, vestido de verde y con este blanco lazo almidonado que me aprieta a un lado del cuello. Me he visto en la redonda luna manchada y he pensado: Ése soy yo, como si hoy fuera domingo.
– La hojarasca (1955)

Se frotó los párpados con los huesos de las manos, apartó el mosquitero de punto y permaneció sentado en la estera pelada, pensativo un instante, el tiempo indispensable para darse cuenta de que estaba vivo, y para recordar la fecha y su correspondencia con el santoral. "Martes cuatro de octubre", pensó: y dijo en voz baja: "San Francisco de Asís".
- La mala hora (1962)

viernes, 18 de abril de 2014

CIEN AÑOS DE SOLEDAD

CIEN AÑOS DE SOLEDAD


En mayo terminó la guerra. Dos semanas antes de que el gobierno hiciera el anuncio oficial, en una proclama altisonante que prometía un despiadado castigo para los promotores de la rebelión, el coronel Aureliano Buendía cayó prisionero cuando estaba a punto de alcanzar la frontera occidental disfrazado de hechicero indígena. De los veintiún hombres que lo siguieron a la guerra, catorce murieron en combate, seis estaban heridos, y sólo uno lo acompañaba en el momento de la derrota final: el coronel Gerineldo Márquez. (..)
El coronel Aureliano Buendía había sido condenado a muerte, y la sentencia sería ejecutada en Macondo, para escarmiento de la población.
Un lunes, a las diez y veinte de la mañana, Amaranta estaba vistiendo a Aureliano José, cuando percibió un tropel remoto y un toque de corneta, un segundo antes de que Úrsula irrumpiera en el cuarto con un grito: «ya lo traen.» La tropa pugnaba por someter a culatazos a la muchedumbre desbordada. Úrsula y Amaranta corrieron hasta la esquina, abriéndose paso a empellones, y entonces lo vieron. Parecía un pordiosero. Tenía la ropa desgarrada, el cabello y la barba enmarañados, y estaba descalzo. Caminaba sin sentir el polvo abrasante, con las manos amarradas a la espalda con una soga que sostenía en la cabeza de su montura un oficial de a caballo.
Junto a él, también astroso y derrotado, llevaban al coronel Gerineldo Márquez. No estaban tristes. Parecían más bien turbados por la muchedumbre que gritaba a la tropa toda clase de improperios.
-¡Hijo mío! -gritó Úrsula en medio de la algazara, y le dio un manotazo al soldado que trató de detenerla. El caballo del oficial se encabritó. Entonces el coronel Aureliano Buendía se detuvo, trémulo, esquivó los brazos de su madre y fijó en sus ojos una mirada dura.
-Váyase a casa, mamá -dijo-. Pida permiso a las autoridades y venga a verme a la cárcel.
Miró a Amaranta, que permanecía indecisa a dos pasos detrás de Úrsula, y le sonrió al preguntarle: «¿Qué te pasó en la mano?» Amaranta levantó la mano con la venda negra. «Una quemadura», dijo, y apartó a Úrsula para que no la atropellaran los caballos. La tropa disparó. Una guardia especial rodeó a los prisioneros y los llevó al trote al cuartel.
Al atardecer, Úrsula visitó en la cárcel al coronel Aureliano Buendía. Había tratado de conseguir el permiso a través de don Apolinar Moscote, pero éste había perdido toda autoridad frente a la omnipotencia de los militares. El padre Nicanor estaba postrado por una calentura hepática. Los padres del coronel Gerineldo Márquez, que no estaba condenado a muerte, habían tratado de verlo y fueron rechazados a culatazos. Ante la imposibilidad de conseguir intermediarios, convencida de que su hijo sería fusilado al amanecer, Úrsula hizo un envoltorio con las cosas que quería llevarle y fue sola al cuartel.
-Soy la madre del coronel Aureliano Buendía -se anunció.
Los centinelas le cerraron el paso. «De todos modos voy a entrar», les advirtió Úrsula. «De mane­ra que si tienen orden de disparar, empiecen de una vez.» Apartó a uno de un empellón y entró a la antigua sala de clases, donde un grupo de soldados desnudos engrasaba sus armas. Un oficial en uniforme de campaña, sonrosado, con lentes de cristales muy gruesos y ademanes ceremoniosos, hizo a los centinelas una señal para que se retiraran. (...)
Había órdenes superiores de no permitir visitas a los condenados a muerte, pero el oficial asumió la responsabilidad de concederle una entrevista de quince minutos. (..)
A Úrsula le pareció que estaba más pálido que cuando se fue, un poco más alto y más solitario que nunca. Estaba enterado de los pormenores de la casa: el suicidio de Pietro Crespi, las arbitrariedades y el fusilamiento de Arcadio, la impavidez de José Arcadio Buendía bajo el castaño. Sabía que Amaranta había consagrado su viudez de virgen a la crianza de Aureliano José, y que éste empezaba a dar muestras de muy buen juicio y leía y escribía al mismo tiempo que aprendía a hablar. (...)
Cuando el centinela anunció el término de la entrevista, Aureliano sacó de debajo de la estera del catre un rollo de papeles sudados. Eran sus versos. Los inspirados por Remedios que había llevado consigo cuando se fue, y los escritos después, en las azarosas pausas de la guerra. «Prométame que no los va a leer nadie», dijo. «Esta misma noche encienda el horno con ellos.» Úrsula lo prometió y se incorporó para darle un beso de despedida.

-Te traje un revólver -murmuró.



La suposición de que Remedios, la bella, poseía poderes de muerte, estaba entonces sustentada por cuatro hechos irrebatibles. Aunque algunos hombres ligeros de palabra se complacían en decir que bien valía sacrificar la vida por una noche de amor con tan conturbadora mujer, la verdad fue que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo. Tal vez, no sólo para rendirla sino también para conjurar sus peligros, habría bastado con un sentimiento tan primitivo y simple como el amor, pero eso fue lo único que no se le ocurrió a nadie. Úrsula no volvió a ocuparse de ella. En otra época, cuando todavía no renunciaba al propósito de salvarla para el mundo, procuró que se interesara por los asuntos elementales de la casa. "Los hombres piden más de lo que tú crees", le decía enigmáticamente. "Hay mucho que cocinar, mucho que barrer, mucho que sufrir por pequeñeces, además de lo que crees." En el fondo se engañaba a sí misma tratando de adiestrarla para la felicidad doméstica, porque estaba convencida de que, una vez satisfecha la pasión, no había un hombre sobre la tierra capaz de soportar así fuera por un día una negligencia que estaba más allá de toda comprensión. El nacimiento del último José Arcadio, y su inquebrantable voluntad de educarlo para Papa, terminaron por hacerla desistir de sus preocupaciones por la bisnieta. La abandonó a su suerte, confiando que tarde o temprano ocurriera un milagro, y que en este mundo donde había de todo hubiera también un hombre con suficiente cachaza para cargar con ella. Ya desde mucho antes, Amaranta había renunciado a toda tentativa de convertirla en una mujer útil. Desde las tardes olvidadas del costurero, cuando la sobrina apenas se interesaba por darle vuelta a la manivela de la máquina de coser, llegó a la conclusión simple de que era boba. "Vamos a tener que rifarte", le decía, perpleja ante su impermeabilidad a la palabra de los hombres. Más tarde, cuando Úrsula se empeñó en que Remedios, la bella, asistiera a misa con la cara cubierta con una mantilla, Amaranta pensó que aquel recurso misterioso resultaría tan provocador, que muy pronto habría un hombre lo bastante intrigado como para buscar con paciencia el punto débil de su corazón. Pero cuando vio la forma insensata en que despreció a un pretendiente que por muchos motivos era más apetecible que un príncipe, renunció a toda esperanza. Fernanda no hizo siquiera la tentativa de comprenderla.
Cuando vio a Remedios, la bella, vestida de reina en el carnaval sangriento, pensó que era una criatura extraordinaria. Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta que no fuera un prodigio de simplicidad, lo único que lamentó fue que los bobos de familia tuvieran una vida tan larga. A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa. 
-¿Te sientes mal? -le preguntó. 
Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.
-Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor. 
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerines y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.



EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

El coronel volvió a abrirse paso, sin mirar a nadie, aturdido por los aplausos y los gritos, y salió a la calle con el gallo bajo el brazo. Todo el pueblo -la gente de abajo- salió a verlo pasar seguido por los niños de la escuela. Un negro gigantesco trepado en una mesa y con una culebra enrollada en el cuello vendía medicinas sin licencia en una esquina de la plaza. De regreso del puerto un grupo numeroso se había detenido a escuchar su pregón. Pero cuando pasó el coronel con el gallo la atención se desplazó hacia él. Nunca había sido tan largo el camino de su casa. 
No se arrepintió. Desde hacía mucho tiempo el pueblo yacía en una especie de sopor, estragado por diez años de historia. Esa tarde -otro viernes sin carta- la gente había despertado. El coronel se acordó de otra época. Se vio a sí mismo con su mujer y su hijo asistiendo bajo el paraguas a un espectáculo que no fue interrumpido a pesar de la lluvia. Se acordó de los dirigentes de su partido, escrupulosamente peinados, abanicándose en el patio de su casa al compás de la música. Revivió casi la dolorosa resonancia del bombo en sus intestinos. 
Cruzó por la calle paralela al río, y también allí encontró la tumultuosa muchedumbre de los remotos domingos electorales. Observaban el descargue del circo. Desde el interior de una tienda una mujer gritó algo relacionado con el gallo. Él siguió absorto hasta su casa, todavía oyendo voces dispersas, como si lo persiguieran los desperdicios de la ovación de la gallera. 
En la puerta se dirigió a los niños. 
-Todos para su casa -dijo-. Al que entre lo saco a correazos. 
Puso la tranca y se dirigió directamente a la cocina. Su mujer salió asfixiándose del dormitorio. 
-Se lo llevaron a la fuerza -gritó-. Les dije que el gallo no saldría de esta casa mientras yo estuviera viva. 
El coronel amarró el gallo al soporte de la hornilla. Cambió el agua al tarro, perseguido por la voz frenética de la mujer. 
-Dijeron que se lo llevarían por encima de nuestros cadáveres -dijo-. Dijeron que el gallo no era nuestro, sino de todo el pueblo. Sólo cuando terminó con el gallo el coronel se enfrentó al rostro trastornado de su mujer. Descubrió sin asombro que no le producía remordimiento ni compasión. 
-Hicieron bien -dijo calmadamente. Y luego, registrándose los bolsillos, agregó, con una especie de insondable dulzura-: El gallo no se vende. 
Ella lo siguió hasta el dormitorio. Lo sintió completamente humano, pero inasible, como si lo estuviera viendo en la pantalla de un cine. El coronel extrajo del ropero un rollo de billetes, lo juntó al que tenía en lo bolsillos, contó el total y lo guardó en el ropero. 
-Ahí hay veintinueve pesos para devolvérselos a mi compadre Sabas -dijo-. El resto se le paga cuando venga la pensión. 
-Y si no viene... -preguntó la mujer. 
-Vendrá. 
-Pero si no viene... 
-Pues entonces no se le paga. 
Encontró los zapatos nuevos debajo de la cama. Volvió al armario por la caja de cartón, limpió la suela con un trapo y metió los zapatos en la caja, como los llevó su esposa el domingo en la noche. Ella no se movió. 
-Los zapatos se devuelven -dijo el coronel-. Son trece pesos más para mi compadre. 
-No los reciben -dijo ella. 
Tienen que recibirlos -replicó el coronel-. Sólo me los he puesto dos veces. 
-Los turcos no entienden de esas cosas -dijo la mujer. 
-Tienen que entender. 
-Y si no entienden... 
-Pues entonces que no entiendan. 
Se acostaron sin comer. El coronel esperó a que su mujer terminara el rosario para apagar la lámpara. Pero no pudo dormir. Oyó las campanas de la censura cinematográfica, y casi en seguida -tres horas después- el toque de queda. La pedregosa respiración de la mujer se hizo angustiosa con el aire helado de la madrugada. El coronel tenía aún los ojos abiertos cuando ella habló con una voz reposada, conciliatoria. 
-Estás despierto. 
-Sí. 
-Trata de entrar en razón -dijo la mujer-. Habla mañana con mi compadre Sabas. 
-No viene hasta el lunes. 
-Mejor -dijo la mujer-. Así tendrás tres días para recapacitar. 
-No hay nada que recapacitar -dijo el coronel. 
El viscoso aire de octubre había sido sustituido por una frescura apacible. El coronel volvió a reconocer a diciembre en el horario de los alcaravanes. Cuando dieron las dos, todavía no había podido dormir. Pero sabía que su mujer también estaba despierta. Trató de cambiar de posición en la hamaca. 
-Estás desvelado -dijo la mujer. 
-Sí. 
Ella pensó un momento. 
-No estamos en condiciones de hacer esto -dijo-. Ponte a pensar cuántos son cuatrocientos pesos juntos. 
-Ya falta poco para que venga la pensión -dijo el coronel-. 
-Estás diciendo lo mismo desde hace quince años. 
-Por eso -dijo el coronel-. Ya no puede demorar mucho más. 
Ella hizo un silencio. Pero cuando volvió a hablar, al coronel le pareció que el tiempo no había transcurrido. 
-Tengo la impresión de que esa plata no llegará nunca -dijo la mujer. 
-Llegará. 
-Y si no llega... 
Él no encontró la voz para responder. Al primer canto del gallo tropezó con la realidad, pero volvió a hundirse en un sueño denso, seguro, sin remordimientos. Cuando despertó, ya el sol estaba alto. Su mujer dormía. El coronel repitió metódicamente, con dos horas de retraso, sus movimientos matinales, y esperó a su esposa para desayunar. Ella se levantó impenetrable. Se dieron los buenos días y se sentaron a desayunar en silencio. El coronel sorbió una taza de café negro acompañada con un pedazo de queso y un pan de dulce. Pasó toda la mañana en la sastrería. A la una volvió a la casa y encontró a su mujer remendando entre las begonias. 
-Es hora del almuerzo -dijo. 
-No hay almuerzo -dijo la mujer. 
Él se encogió de hombros. Trató de tapar los portillos de la cerca del patio para evitar que los niños entraran a la cocina. Cuando regresó al corredor, la mesa estaba servida. En el curso del almuerzo el coronel comprendió que su esposa se estaba forzando para no llorar. Esa certidumbre lo alarmó. Conocía el carácter de su mujer, naturalmente duro, y endurecido todavía más por cuarenta años de amargura. La muerte de su hijo no le arrancó una lágrima. Fijó directamente en sus ojos una mirada de reprobación. Ella se mordió los labios, se secó los párpados con la manga y siguió almorzando. 
-Eres un desconsiderado -dijo. 
El coronel no habló. 
-Eres caprichoso, terco y desconsiderado -repitió ella. Cruzó los cubiertos sobre el plato, pero en seguida rectificó supersticiosamente la posición-. Toda una vida comiendo tierra, para que ahora resulte que merezco menos consideración que un gallo. 
-Es distinto -dijo el coronel. 
-Es lo mismo -replicó la mujer-. Debías darte cuenta de que me estoy muriendo, que esto que tengo no es una enfermedad, sino una agonía. 
El coronel no habló hasta cuando no terminó de almorzar. 
-Si el doctor me garantiza que vendiendo el gallo se te quita el asma, lo vendo en seguida -dijo-. Pero si no, no. Esa tarde llevó el gallo a la gallera. De regreso encontró a su esposa al borde de la crisis. Se paseaba a lo largo del corredor, el cabello suelto a la espalda, los brazos abiertos, buscando el aire por encima del silbido de sus pulmones. Allí estuvo hasta la prima noche. Luego se acostó sin dirigirse a su marido. Masticó oraciones hasta un poco después del toque de queda. Entonces el coronel se dispuso a apagar la lámpara. Pero ella se opuso. 
-No quiero morirme en tinieblas -dijo. 
El coronel dejó la lámpara en el suelo. Empezaba a sentirse agotado. Tenía deseos de olvidarse de todo, de dormir de un tirón cuarenta y cuatro días y despertar el veinte de enero a las tres de la tarde, en la gallera y en el momento exacto de soltar el gallo, pero se sabía amenazado por la vigilia de la mujer. 
-Es la misma historia de siempre -comenzó ella un momento después-. Nosotros ponemos el hambre para que coman los otros. Es la misma historia desde hace cuarenta años. 
El coronel guardó silencio hasta cuando su esposa hizo una pausa para preguntarle si estaba despierto. Él respondió que sí. La mujer continuó en un tono liso, fluyente, implacable. 
-Todo el mundo ganará con el gallo, menos nosotros. Somos los únicos que no tenemos ni un centavo para apostar. 
-El dueño del gallo tiene derecho a un veinte por ciento. 
-También tenías derecho a tu pensión de veterano después de exponer el pellejo en la guerra civil. Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada, y tú estás muerto de hambre, completamente solo. 
-No estoy solo -dijo el coronel. 
Trató de explicar algo, pero lo venció el sueño. Ella siguió hablando sordamente hasta cuando se dio cuenta de que su esposo dormía. Entonces salió del mosquitero y se paseó por la sala en tinieblas. Allí siguió hablando. El coronel la llamó en la madrugada. Ella apareció en la puerta, espectral, iluminada desde abajo por la lámpara casi extinguida. La apagó antes de entrar al mosquitero. Pero siguió hablando. 
-Vamos a hacer una cosa -la interrumpió el coronel. 
-Lo único que se puede hacer es vender el gallo -dijo la mujer. 
-También se puede vender el reloj. 
-No lo compran. 
-Mañana trataré de que Álvaro me dé los cuarenta pesos. 
-No te los da. 
-Entonces se vende el cuadro. 
Cuando la mujer volvió a hablar estaba otra vez fuera del mosquitero. El coronel percibió su respiración impregnada de hierbas medicinales. 
-No lo compran -dijo. 
-Ya veremos -dijo el coronel suavemente, sin un rastro de alteración en la voz-. Ahora duérmete. Si mañana no se puede vender nada, se pensará en otra cosa. 
Trató de tener los ojos abiertos, pero lo quebrantó el sueño. Cayó hasta el fondo de una sustancia sin tiempo y sin espacio, donde las palabras de su mujer tenían un significado diferente. Pero un instante después se sintió sacudido por el hombro. 
-Contéstame. 
El coronel no supo si había oído esa palabra antes o después del sueño. Estaba amaneciendo. La ventana se recortaba en la claridad verde del domingo. Pensó que tenía fiebre. Le ardían los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la lucidez. 
-Qué se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer. 
-Entonces ya será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde. 
-Si el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo puede perder. 
-Es un gallo que no puede perder. 
-Pero suponte que pierda. 
-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel. 
La mujer se desesperó. 
-Y mientras tanto qué comemos -preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía-. Dime, qué comemos. 
El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: 
-Muerda